lunes, 19 de abril de 2010

Jimi Hendrix - Valleys of Neptune




-->
Pues nada, que desde principios de mes me entero, de que hay un disco -con 8 canciones inéditas, 2 versiones alternativas y dos covers- de Jimi Hendrix, titulado Valleys of Neptune y me quede pasmado. Pertenezco a una generación donde la música fue nuestra educadora, más que la televisión o la literatura de la llamada contracultura americana. A mí, nunca me emociono tanto un poema de Allen Ginsberg, como una canción de Bob Dylan, jamás se acerco siquiera, a llevarme a un viaje alucinante el libro Naked Lunch, de William Burroughs como lo hizo la voz y la estridencia alucinada de Sid Barret, yo no me descubrí con The Dharma Bums como lo hice con Dark Side of the Moon. Claro que todos estos llegaron después y los disfruto muchísimo hoy día, pero en esos días de inocente y despreocupada infancia, no había como sentarme con mi papa a escuchar sus viejos discos. Y si quise ser escritor no fue por ninguno de ellos, fue Cortázar y Arreola y Borges y tantos y tantos otros, pero la primera vez que tomé una guitarra si fue porque quería tocar Revolution de The Beatles. A mi no me toco nada de aquellos días, y esto no representa jamás una queja, me tocaron cosas maravillosas, sigo pensando que el principio de los noventas fue maravilloso y que nos legaron bandas increíbles, nunca igual de virtuosas, pero poseedoras de una conciencia que era imposible de lograr en los 60’s y 70’s, Dylan jamás hubiera escrito Jeremy, Morrison nunca habría cantado Plush. En fin Pearl Jam, Smashing Pumpins, Stone Temple Pilots, Soundgarden, etc. Son sólo productos únicos e irrepetibles del Reaganismo. Pero con todo y eso hace un par de años pude ver a Dylan en vivo, un año antes vi a Roger Waters y lo disfrute igual que los demás, pero había algo en la mirada de ellos que yo no poseía, los recuerdos del amargo 68 mexicano, los primeros besos de los años del amor y la paz, las parejas re-enamorandose. Entonces cuando veo un disco nuevo de Jimi, me produce una sensación extraña y renovadora. No se suponía que fuera de esa manera y sin embargo, ahora hay algo que me pertenece a mí tanto como a mi padre, como a esa generación. Y de pronto tengo otra vez 5 años y me siento en la sala junto a mi papa –sólo que esta vez yo lo llamé a él- escuchamos este disco y discutimos y recordamos y me rió de sus fotos viejas con el cabello alborotado y su traje naranja del Sgt. Pepper (siempre prefirió a Harrison) que una abuela –hoy difunta-, le tejió. El por su parte trata de una vez por todas entender mi neurosis de la adolescencia y el porque nunca he dejado de escuchar a Pearl Jam, y porque sigo queriéndome meter una bala cuando escucho Jeremy o Black. Al final lo que queda son dos adultos hablando de música y de sus gustos y del porque el prefiere A Day in a Life y yo me quedo con Revolution 9, porque Echoes y no Set the controls for the heart of the sun, porque el se inclina más por Voodoo child y yo por Purple Haze.
Esta vez no pienso hablar de las canciones del disco, no hay mucho que pueda decir de Hendrix, me falta soberbia para hacer eso, pero si puedo decir que hay algo grandioso en ese hombre que pudo juntar a Padre e Hijo a escuchar otra vez esos viejos discos, sólo que esta vez con un agregado que me hizo el día, mi pequeño hijo de apenas dos años y medio -quien adora la batería por sobre cualquier cosa, y a quien hicimos un esfuerzo por darle una y la cual no deja-, se acerco a mí haciendo uno de sus primeros y espero incontables Air Guitar, diciéndome con su lenguaje hermoso y primigenio, que quiere tocar la guitarra. Eso es Jimi Hendrix.

4 estrellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario