
Este vez seré breve, nada que pueda decir significaría un aporte. Mi relación con Lennon, con su música, que al final es la mejor manera de conocer a un artista, se da en mi primera infancia -ahora a mis treinta, vivo la tercera al lado de mi hijo-, mi padre era admirador de Floyd y The Beatles, por supuesto de la carrera de Lennon en solitario. Si bien, alguna vez lo he comentado, mi padre era seguidor de Harrison, siempre siguió la carrera del más complejo de los cuatro. Ahora al lado de mi hijo, comparto algo que heredé y que continuará hasta que todas las estirpes condenadas a cien años de soledad, desaparezcan de la tierra; y si bien mi hijo ahora participa de una fascinación por Gorillaz y en su mágico lenguaje de tres años, lleno de misterios y maravillas, reconstruye esas canciones animadas por dibujos, al grado de que un servidor ha aprendido a disfrutarlas, pese a sus múltiples repeticiones diarias, de manera constante me pregunta por los figuras que pueblan las paredes de mi estudio. The Beatles, Pink Floyd, Radiohead, Metallica, son algunos de los nombres, que acompañados de sonidos, musicalizan el imaginario de este ser amado por mí.
Esta semana (8 octubre, 1980 -como si no lo supieran) se cumple otro aniversario de la muerte de Lennon. Treinta ya, treinta años sin su genio. Treinta años sin escuchar su voz viva, porque la escuchamos a diario en sus grabaciones. Esta vez, sólo quiero invitarlos a escuchar el disco Double Fantasy, que considero es el más rico en todos los sentidos, de su carrera solista. No puedo decir que es el mejor, carezco de elementos; podría enumerar éxitos del disco, y los éxitos de los otros me reclamarían atención, podría también decir, que este disco posee himnos, pero los demás también. De tal forma que sólo puedo decir que nos sentemos a ver girar y girar las ruedas...
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